lunes, 29 de mayo de 2017

Singapur, Carlomagno o la oscuridad digital

En pleno siglo XXI querer descubrir mediterráneos en el campo de la economía es dar muestras de no haber entendido nada ante la lección de la realidad. Hay países que desde mediados del siglo XX han prosperado, mientras que otros esperan que los cielos oigan los rezos y el papá Karl Marx o sus sucedáneos les otorguen las prebendas que tanto anhelan. Los países prósperos, sin embargo, no funcionan así. Funcionan con una preparación económica de sentido común; de saber de qué se parte y adónde se desea llegar. Hay conocimiento de la realidad económica mundial y hacia este mercado se quieren de dirigir. Lo demás —la ausencia de análisis— es quedarse jugando en el patio del colegio donde las bravatas abundan y los resultados escasean.

Hay datos para ilustrar lo antedicho. Singapur nos puede servir. Esta ciudad estado en una sola generación, y no sin esfuerzo —no existen los regalos en casi ningún país; en todo caso regalos que perduren, léase carbón, petróleo o diamantes—, logró superar su estado de pobreza generalizada. Se estaba, al inicio de su historia, en los primeros años de 1960, cuando Lee Kuan Yew (1923-2015), primer ministro de Singapur durante tres décadas, logró insuflar un espíritu emprendedor a gran escala, y en la actualidad Singapur encabeza los primeros puestos de los países de Asia en bienestar económico y en el índice de desarrollo humano (vida larga, saludable y disfrutar de un nivel de vida digno).

¿Cuál fue la magia que se inoculó en esta pequeña nación que no llega a los 6 millones de habitantes? Fundamentalmente un enfoque incesante basado en la educación y una planificación meticulosa orientada hacia la economía del conocimiento. La riqueza  — ¡Oh, gran descubrimiento!— se hallaba en el saber; en la capacidad intelectual de la población. El capital básico había de residir en el talento. Y hacia esta meta se orientó todo el país. Durante tres décadas, el gobierno de Singapur, en cierto modo de forma autoritaria, encarriló a la ciudadanía hacia la meta del progreso. Progreso que se centraba en la capacidad de adaptarse y centrarse fundamentalmente en las nuevas corrientes técnicas y tecnológicas que iban apareciendo. Fue la época que trascurrió entre 1959 y 1990. Durante este período se dejó de lado los frenos ideológicos que encorsetaban a la población con disparidades étnicas y diferencias político-partidarias. Se metió todo ello en un cajón y se hizo frente a la realidad económica. La población respondió unida al reto que se les planteó desde el gobierno de Lee Kuan Yew.

La idea básica estaba y está en la orientación hacia la creación de puestos de trabajo plausibles —esto es, con mercado potencial— y en la planificación educativa de las habilidades que deberían de poseer estos trabajadores del inmediato mañana, a unos cuatro o cinco años vista. Ante todo, si nos situamos en el presente, hay que calibrar los sectores que tienen potencial de crecimiento; analizar las riquezas propias —a nivel de terrenos, energía, etc.— y desarrollar la riqueza intelectual que se puede obtener en las aulas, en especial las de cariz técnico-científico. En este marco, hay que situar el blanco que generará la economía "super-smart", y hay que orientar a los alumnos más jóvenes, casi párvulos, a aprender los nuevos lenguajes, como son la programación, la robótica y el inglés; además de relevantes nociones de economía. Hay que fomentar la ruta técnica. De hecho, no estamos descubriendo nada. Las habilidades profundas en tecnología digital ya se están fomentando lejos de aquí o, de forma casi excepcional, por aquí en centros privados de alta gama.

Estamos realmente ante un momento decisivo semejante al que ocurrió hace muchos siglos. Fue al final del imperio romano, en los siglo VI y VII, época en la cual la cultura feneció, según apunta el estudioso James Bowen en su trabajo sobre la Historia de la educación. La gente no sabía escribir ni leer. La oscuridad intelectual fue alta. Fue un dirigente político —Carlomagno— el que tuvo la brillantez de ver hacia donde se podía dirigir a la población. Y dio los pasos hacia esta meta. Esta era la de la renovatio. En el decreto del año 789, Carlomagno —todo un líder (leadership) con capacidad de gestión (management)— ordenaba la creación de escuelas "donde los jóvenes aprendan a leer". El objetivo final era el de regenerar el Estado. Y a ello se dedicó con ahínco en una época en que incluso muchos clérigos y monjes no sabían latín o eran claramente analfabetos.

En la actualidad, la bifurcación es clara. O se organiza un gran empuje a favor de las tecnologías avanzadas —con una educación centrada en los cambios que están viéndose en este siglo XXI— o se regresará a la oscura Edad Media con fuertes desencuentros, muchos violentos, fruto de la desesperación y el hambre.

Lo que hizo en su momento Carlomagno con su programa de creación de escuelas —que de hecho es el inicio de la resurrección de Europa— o lo que se ha hecho en las últimas décadas en Singapur —un país que en el momento de alcanzar la independencia de Gran Bretaña, en 1965, estaba peor que Zimbabue al independizarse—, han de servir no de consejo sino de espolón para abandonar las frases huecas y emprender acciones reales de cambio educativo. Lo demás —las palabras brillantes pero vacías— es manifestación de incultura, malevolencia, ineficiencia o insensatez política (o todo a la vez) y sólo puede llevar a una peligrosa oscuridad digital.

jueves, 11 de mayo de 2017

Los desplazados del presente

La radiografía es diáfana. Los síntomas son claros. Las constantes se repiten. Las ensoñaciones se van elevando hacia cumbres oníricas. El sujeto —los sujetos, mejor dicho— está con una taquicardia pronunciada. El paisaje se va borrando de su mirada. Apenas atisba lo más cercano. Empieza a sentirse extraño. Casi es huérfano del presente. El futuro no existe. La huida a su interior, como un caracol en plena sequía, es cercana. No atisba más allá de la esquina de su calle. El mundo se le cae encima. El coma socioeconómico le está carcomiendo. Todo ello es resultado de la ceguera pronunciada que no ha querido reparar. Ceguera ante lo más presente a nivel tecnoeconómico y profesional: la revolución tecnológica de la industria 4.0. El futuro le está cerrando las puertas. El hoyo se va agrandando y cada vez más las fuerzas atractivas quieren abrazarle para su adentro.

Ceguera. Ceguera y ceguera. ¿Cómo lo explicarán los historiadores de nuestro presente dentro de veinte años? ¿Cómo podrán explicar que en plena sociedad de la información —información en la palma de la mano— con las sirenas tecnológicas cantando a toda potencia, se ha atado él mismo al poste del pasado, para no caer en su seducción? La culpa, sin embargo, siempre es de los otros. De aquellos que pudiendo, no quisieron informarle de lo que se avecinaba. De lo que estaba en el inmediato acontecer. El hecho es —dirán— que no habían llegado a sus oídos las noticias de este gran cambio. Que se confiaba que las cosas siguiesen como siempre.

Qué ingenuo nuestro personaje creyendo que existe un "siempre". Este término sólo es válido para el cambio. Siempre se cambia. Siempre hay cambio. Algunas veces es lento. Pero en el presente, el cambio es acelerado. Lo que hoy está en boga, dentro de 5 años será obsoleto. Y los ambientes, las cosas tecnológicas, los trabajos habituales también irán cambiando y con rapidez.

La automatización, la robotización, de muchas tareas llevará a la calle a miles y miles de trabajadores que creyeron en leyendas que podían ser útiles en el siglo XIX, cuando surgieron unas ideas aglutinadoras en torno a sindicatos y partidos. Hoy estas misivas son caducas. Hoy, con un planeta que se puede recorrer con avión en pocos días, las comunicaciones, los transportes, los negocios, las compras, las ventas, las manufacturas y los trabajos son muy cercanos. Todo está interrelacionado. Si estos cambios tan obvios en transportes y comunicaciones — que hacen que el mundo sea una comarca— son patentes para cualquiera, es difícil entender como no se traslada esta nueva realidad a todo el abanico de relaciones sociolaborales y económicas en las cuales todo hijo de vecino está inserto.

En otras palabras; para nuestro personaje, su sitio socioeconómico está en peligro de extinción. Y por más proclamas que se hagan; contubernios que se monten o motines que se generen, a muy corto plazo —el cambio es acelerado, como se ha dicho, y la tecnología imparable lo va confirmando— no habrá quien pueda continuar deleitándose con cantatas políticas de ferias novecentistas ni con cartas a unos Reyes Magos que nunca han existido.

Hoy, por dar alguna pista breve, quien no se oriente con esfuerzo continuado y sin demora por el idioma universal, la lingua franca global que es el inglés, y por enfilar peldaños en programación, como mínimo, estará yendo sin freno hacia un callejón sin salida y en cuesta abajo. Salir de él será casi —por no decir, del todo— imposible. He ahí el mapa de los desplazados del presente. El de los desplazados del futuro, tendrá que ver con la irrupción en todos los frentes de la inteligencia artificial. El cambio es de vértigo. La ceguera voluntaria es una rémora de un infantilismo suicida. Los hechos son imperativos. La realidad, obstinada. El futuro, cierto.

viernes, 21 de abril de 2017

Tres objetivos educativos urgentes para la inserción digital

Desde hace tiempo venimos subrayando la necesidad de la puesta al día profesional. Tenemos la lección de la revolución industrial y de la crisis que los artesanos y las pequeñas manufacturas desperdigadas por las masías y minúsculos pueblos se encontraron con la entrada del vapor en la producción. Eran tiempos aquellos de falta de canales de información. Apenas existían vehículos que llevasen las nuevas de un lado a otro. Y cuando, en todo caso, llegaban, eran verbales, escuetas y casi ininteligibles. Hoy no puede uno acogerse a la misma excusa. Hoy la información está en la red. Y quien no sabe lo que realmente pasa, lo que realmente puede ocurrir en los inmediatos años es porque tiene la cabeza orientada a un pasado que nunca volverá.  Hablamos de la entrada de forma mayúscula de la automatización, de los bots, de la robótica, en la industria, en el comercio y en los servicios en general, de forma tan tremenda que provocará una ruptura con los modos económicos y fabriles del presente. No hay excusa porque la novedad que se acerca por estos lares se puede ver ya por Internet.

Eso lo hemos dicho y repetido hasta el aburrimiento. Algunos ya lo reseñan en las grandes páginas de los rotativos. Perfecto. Pero ahora queremos centrarnos en tres objetivos que pueden ayudar mucho en el gran empuje que se ha de crear —una especie de atmósfera favorable— para que el salto a la digitalización sea lo más rápido posible y con menos rechazos.

Uno de los objetivos son los párvulos. Nuestros párvulos, antes de los 11 años, deberían de haber jugado con lo digital. ¡Cuidado! Decimos jugado, pero no jugar. No se trata que sepan manejar un Smartphone, por ejemplo. Se trata de que jugando —esto es, casi sin darse cuenta— aprendan las bases de la programación. Eso no es un descubrimiento por nuestra parte. Eso ya se está haciendo en muchos países. ¿Cómo conseguir que nuestros párvulos "jueguen" a ser programadores; que empiecen a trastear con pequeños robots y que sepan manejarlos con líneas de código, e incluso, en algunos casos, lleguen a construirlos o modificarlos? ¿Cómo conseguir este objetivo —por el cual la sociedad actual recibirá el agradecimiento de estos futuros adultos? Ofreciendo unos cursos orientados a todo el profesorado de primaria. He ahí un objetivo clave. Si desde la primera infancia nuestros chiquillos —tanto niños como niñas (¡Hay que superar el "gender gap"!)— empiezan a recorrer el camino de la programación y no quedan aturdidos por trastear con los pequeños robots, tendremos en cuatro lustros, unas nuevas generaciones de ingenieros tecnológicos que proporcionarán un gran cambio en nuestra sociedad.


Otro objetivo a tener muy presente es el de nuestros agricultores. Nuestros agricultores continúan —y ello no ha de entenderse como una crítica— anclados con unos sistemas pre-digitales por lo que hace a las amplias labores del campo. Por este motivo su beneficio económico no es ninguna bicoca. Y para retenerlos en el agro, la Unión Europea desde hace años ha ido prodigando unas famosas ayudas que, seamos realistas, no pueden ser eternas. Además, y este es un problema complementario, las pequeñas villas, aldeas y pueblos del interior de nuestro país se van despoblando, señal inequívoca de que las nuevas generaciones nacidas en el mundo agrario se sienten atraídas por las tareas productivas a desarrollar en las grandes ciudades. ¿Cómo cambiar esta tendencia? Encarrilando a todo el mundo agrario hacia la digitalización del sector. Dándole un tamiz mucho más tecnológico.

En otras palabras… Introduciendo los grandes ejes de la Smart agriculture, la agricultura inteligente. Eso quiere decir aprender a trasladar las recientes técnicas digitales descubiertas hacia el mundo agrario. Hablamos de la robótica, del análisis de los grandes datos (big data), de los sensores que se pueden implantar en los campos y que aportan datos sublimes, etc., etc. En resumen, promover una formación para que las generaciones de agricultores queden impregnados con sapiencia digital. Y eso ya existe, pero no por aquí —de nuevo, no estamos descubriendo nada. Incluso en África, tierra donde el agro tiene un gran peso, también se han ido dando pasos hacia este destino.

El tercer objetivo es el de los jubilados. En la actualidad hay una bolsa enorme de jubilados y prejubilados con un ansia enorme de sentirse útil. De no ser ni una carga ni un pasivo social. Por ello ya ha parecido una pequeña vía que enlaza a estas personas con el mundo de la digitalización. De nuevo no se trata simplemente de saber enviar correos electrónicos o mandar WhatsApps. No; eso ya es viejo. Se trata de ayudarlos en su introducción a la codificación. Sí. A la programación. Estos jubilados son ya, o serán, los futuros abuelos que reforzarán a nuestros párvulos en su introducción profunda (no superficial, please!) en el mundo digital. Es probable que los padres de estos párvulos tengan obligaciones profesionales que impidan tener un gran papel en esto. Pero los abuelos sí que pueden ser una gran ayuda, un refuerzo. Pueden formar parte relevante de la atmósfera que habrá que crear para que la digitalización profunda tenga realmente éxito.

No plantearse estos tres objetivos es dar un paso más hacia la derrota frente a la disrupción digital que ya está provocando cambios sin tregua.

martes, 28 de febrero de 2017

Trabajo, creatividad e identidad personal en el nuevo mundo tecnológico

Se está iniciando el final de las maldiciones. En especial aquella del trabajarás con el sudor de tu frente del paraíso maldito por la serpiente. Se terminó con el trabajo y el sudor del esfuerzo físico en la mina y en los campos que obligaban a curvar la espalda constantemente. Se está terminando con ello mediante las grandes máquinas que irán sustituyendo al personal paciente y sufrido de las labores esclavizantes. Se está concluyendo unas históricas etapas que han marcado las espaldas, las frentes y los corazones de la gente, dejando el pellejo y asumiendo arrugas sin esperar el paso de los años. El trabajo ha dejado, está empezando a serlo, ha dejado de ser un castigo. Ahora estamos ya en la época del trabajo creativo. Se está iniciando —en algunos lugares ha iniciado hace tiempo— la época de la innovación, de la creatividad, del ingenio, del talento. Del disfrute trabajando, del goce por hacer algo interesante (y que tenga mercado).

¿Qué quiere decir tener mercado? Quiere decir que haya compradores. Pero quiere decir alguna cosa más. Quiere decir que haya interés. Que lo que se ofrece es atractivo y, ello, en último término implica que hay un reconocimiento. Ahí —en el reconocimiento por lo creado— está el orgullo, la sensación del buen hacer. La compra no sólo es dinero —¿qué es el dinero en cantidad en una isla desierta; sí, sólo y abandonado con sacos y sacos de alimentos y muchos más sacos de dinero? El dinero es un simple objeto universal de intercambio. Lo que es más difícil de obtener es el reconocimiento, la valoración. Y eso no tiene precio. No se vende ni se compra (comprar que te aplaudan, sólo puede agradar al ingenuo que no sabe mirar el fondo de las personas).

En la época que estamos viviendo —en unas geografías más adelantadas que en otras— la creatividad está abriendo fronteras. Se está dibujando un nuevo panorama que puede llegar a ser increíble si se permite —y si se estimula, favoreciendo las ideas, por más increíbles que ahora mismo parezcan—, favoreciendo la creación, la innovación y el ingenio. El genio. Y ello quiere decir que hay que "trastear" con el trabajo. El trabajo ha dejado de ser un castigo (bíblico o burgués a lo marxista) para empezar a ser el más gracioso juego que nunca se haya podido jugar con mayor pasión. Es el auténtico ejercicio intelectual que, después de haberle dedicado unas horas, con el paso al descanso y echando la vista a lo conseguido hasta entonces —a los pasos avanzados con el proyecto—, se obtiene una satisfacción que no tiene precio.

Adiós a poner la satisfacción en los pies de los deportistas del balón. Concluyó ser feliz por los hechos de otros —como el famoso e increíble gol de R.... Ahora se empieza una etapa donde los encajes que hay que superar, los retos creativos que hay que solucionar, dan, al conseguirlos, un gozo que no tiene parangón en la historia de cada persona.

Adiós a todo lo anterior. Ha empezado —en algunos países, ¡ay!, sólo se está en sus inicios— una época donde el talento, la inteligencia, la creatividad —no la fuerza física, sino el empuje mental, el intelecto— tendrá su puesto central. Y ello redundará en la satisfacción por lo creado, por lo conseguido. He ahí la auténtica identidad que uno se puede forjar. He ahí el auténtico yo que, al final de las distintas etapas, mirando atrás uno podrá examinar. “Yo soy aquello que he hecho. Mis hechos me conforman”. Y no las distintas vestimentas mentales que desde fuera se han estado lanzando para dar un "ser", una identidad, a quien no tenía nada propio, porque lo suyo era un trabajo baldío, poco interesante, poco creativo. Sin lumbre ni deslumbrador.

Hoy, con el mundo de la tecnología, de la robótica, de la inteligencia artificial, de los cálculos basados en los datos, se puede escribir una historia futura que no tiene ningún matiz de lo antiguo. No hay ninguna clave clara que indique por dónde proseguir; por dónde dar los próximos pasos. Los intríngulis son mayúsculos. Los retos, abrumadores. Pero nunca el individuo humano se había planteado un escenario tan interesante, con tanta intriga, con tanto gancho y a la vez tan atractivo como en el presente. Hoy se está a las puertas —para aquel que quiera abrirlas y salir a este nuevo espacio atrayente, incógnito y desconocido— de un escenario que a la vez que habrá que ordenarlo de pies a cabezas —creando nuevas y desconocidas parcelas de realidades—  se estará creando la propia identidad, la identidad personal. Y muchos años más tarde, uno podrá recordar aquello que el descubrió o la parcela digital que él ayudó a conformar. En definitiva, el proceso que configuró. Los objetos andantes en cuyo diseño intervino. He ahí un futuro. He ahí un reto placentero y realmente humano, casi divino.